Celebración de la risa
José Luis Castro, el carpintero del barrio, tiene muy buena mano. La
madera que sabe que él la quiere, se deja hacer.
El
padre de José Luis había venido al Río de La Plata desde una aldea de
Pontevedra. Recuerda el hijo al padre,
el rostro encendido bajo el sombrero panamá, la corbata de seda en el cuello del
pijama celeste, y siempre,
siempre contando historias desopilantes. Donde él estaba, recuerda el hijo,
ocurría la risa. De todas partes
acudían a reírse, cuando él contaba, y se agolpaba el gentío. En los velorios
había que levantar el ataúd, para que
cupieran todos -y así el muerto se ponía de pie para escuchar con el debido
respeto aquellas cosas dichas con
tanta gracia.
Y
de todo lo que José Luis aprendió de su padre, eso fue lo principal: -
Lo importante es reír -le enseñó el viejo-. Y reír juntos.
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Llorar
Fue
en la selva, en la amazonia ecuatoriana. Los indios shuar estaban llorando a una
abuela moribunda.
Lloraban sentados, a la orilla de su agonía. Un testigo, venido de otros mundos,
preguntó:
- ¿Por qué lloran delante de ella, si todavía está viva?
Y
contestaron los que lloraban:
- Para que sepa que la queremos mucho.
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